Filippo Tommaso Marinetti, fue el primer artista en la era moderna en catalogar al consumo y la preparación de alimentos como un arte.  El movimiento futurista de vanguardia, formado por Marinetti y otros artistas en Milán en 1909, abarcó la era industrial y mecánica, desde automóviles y aviones hasta métodos de fabricación y planificación urbana. Pensaron que cocinar y comer, son puntos centrales en la vida cotidiana de todos, y que esto no iba a cambiar nunca por lo que se debía tener visión de futuro.

En 1932, Marinetti publicó el libro de cocina “Futurista”. No era simplemente un conjunto de recetas; era una especie de manifiesto. Eligió la preparación y el consumo de alimentos con vitamina c como parte de una nueva visión del mundo, en la que el entretenimiento se convirtió en una actuación vanguardista. El libro prescribe los elementos necesarios para una comida perfecta. Parte de la idea de que la comida tiene que presentarse con originalidad, armonía, forma escultórica, aroma, música entre otros puntos, una combinación de platos y pequeños canapés de diferentes sabores. El cocinero debía emplear un equipo de alta tecnología para preparar la comida. La política no podía ser discutida, y la comida tenía que ser preparada de tal manera que comerla no requiriese cubiertos.

Las reflexiones de Marinetti, no podrían haber predicho el papel que jugaría la comida en el arte casi un siglo después. Los artistas contemporáneos han usado la comida para hacer declaraciones políticas, especialmente feministas, económicas y sociales. Abrieron restaurantes como proyectos de arte, realizaron actuaciones en las que se preparan y sirven alimentos en galerías, y elaboran esculturas elaboradas con materiales comestibles como el chocolate y el queso.

En retrospectiva, la comida siempre ha desempeñado un papel en el arte: los pintores de de la Edad de Piedra, utilizaban jugos de vegetales y grasas animales como ingredientes aglutinantes en sus pinturas, y los egipcios hacían pictografías de cultivos y pan en tabletas jeroglíficas. Durante el Renacimiento, Giuseppe Arcimboldo, pintor de la corte de los Habsburgo en Viena, y más tarde, de la Corte Real de Praga, pintó caprichosos retratos en forma de rompecabezas en los que los rasgos faciales estaban compuestos de frutas, verduras y flores.

Cuando pienso en comida y arte, intuitivamente recuerdo la grande y hermosa naturaleza muerta de la edad de oro holandesa, que encontré por primera vez en una clase de historia del arte del Renacimiento del Norte. En estas gloriosas pinturas, cada superficie, desde los brillantes abrigos de plumas de canales de pato, en brillantes bandejas de plata hasta la piel cubierta de rocío de frutas y bayas, se representa cuidadosamente para crear la ilusión de que el festín está justo enfrente del espectador. En el siglo XVII, tales pinturas atestiguaban la riqueza y el compromiso intelectual de los propietarios. Los alimentos representados tenían un significado simbólico que a menudo se relacionaba con los textos bíblicos, y la forma en que se ordenaban los objetos, y que se habían consumido, transmitía un mensaje sobre la fugaz naturaleza del tiempo o la necesidad de la templanza.

Como joven artista, estudié las grandes representaciones de manzanas y naranjas de Cézanne. Para los pintores post impresionistas como Cézanne, la observación desde la vida fue solo el comienzo de un proceso, en gran medida imaginativo. Valoraron los colores vivos y las pinceladas vivas sobre el hiperrealismo del pasado.

Durante la era del arte pop, la comida se convirtió en una metáfora social. Wayne Thiebaud,  pintó hileras de tartas y pasteles en colores pastel brillante, que trajeron a la mente anuncios y juguetes para niños. Presentado como exhibición, en un restaurante, en lugar de características hogareñas de la vida privada, sus arreglos reflejaban una sociedad itinerante en la que los suntuosos postres significaban la abundancia estadounidense.

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